Platero y yo es una obra cercana, hecha de recuerdos sencillos y escenas cotidianas.
En esta serie voy trabajando sus capítulos uno a uno, leyendo el texto original y acompañándolo con un dibujo realizado en directo para el vídeo.
La colección no está completa: aquí se irán incorporando nuevos capítulos conforme se vayan creando.
Platero y yo – Introducción (Ver el capítulo)
Bienvenidos a “Platero y yo” Este vídeo es la introducción a una serie de lecturas narradas, capítulo a capítulo, de la obra más íntima de Juan Ramón Jiménez. Cada lunes, miércoles y viernes, compartiré un nuevo capítulo, con mi voz y una ilustración original para cada uno. Platero y yo no es solo un libro para niños: es un viaje poético por la ternura, la pérdida, la belleza y la memoria.
Platero y yo – Prologuillo (Ver el capítulo)
En este primer texto, Juan Ramón Jiménez nos abre la puerta a Platero y yo con una reflexión hermosa: este no es un libro solo para niños, sino para todos los que aún guardan dentro una “edad de oro”.
Platero y yo – Cap. 1 – Platero (Ver el capítulo)
Así comienza el viaje. Juan Ramón nos presenta a Platero: pequeño, peludo, suave… tierno como un niño, fuerte como la piedra. Un burrillo con ojos de azabache y luna, que come uvas moscateles y trota como si se estuviese riendo.
Platero y yo – Cap. 2 – Mariposas Blancas (Ver el capítulo)
Una noche morada, un camino en sombra, un guarda con pincho… y unas mariposas blancas que vuelan libres entre las alforjas de Platero. Juan Ramón convierte lo cotidiano en mágico, y lo poético en un pequeño acto de rebeldía.
¿SABÍAS QUE …? En aquella época existían los Consumos, un impuesto municipal que se cobraba al entrar mercancías o comida en los pueblos. El lugar donde se pagaba era el «fielato», una especie de aduana local. Pero el alimento que llevaba Platero… eran mariposas blancas, es decir, arte, poesía … Y esas no pagan tributo.
Platero y yo – Cap. 3 – Juegos del anochecer (Ver el capítulo)
Platero cruza una calleja oscura donde los niños juegan a ser lo que no son: mendigos, ciegos, cojos… Y un instante después, se sienten príncipes. La infancia, como la tarde, cambia de forma con una rapidez asombrosa. Y en medio de tanta negrura, una niña canta como si el mundo fuera suyo.
¿SABÍAS QUE…? En muchas zonas rurales, los niños jugaban con lo poco que tenían. Usaban sacos, palos o trozos de cuerda para inventar personajes. Y esas canciones de corro, como la de “La viudita del conde de Oré”, se transmitían oralmente durante generaciones.